miércoles, 20 de noviembre de 2013

Atención Temprana en contextos naturales y centrada en la familia

Gracias a mi majísimo amigo Ló, que me mantiene puntualmente informada de todo lo que organiza FEAPS, la semana pasada tuve la oportunidad de acudir a la conferencia que el profesor Robert A. McWilliam ofreció en Madrid sobre un interesante modelo de Atención Temprana  muy extendido desde hace unos años en Estados Unidos y que ya han empezado a implementar con éxito en otros lugares como nuestra vecina Portugal.

A diferencia del modelo actual de nuestro país, en el que los niños asisten semanalmente al hospital o a los centros de referencia a recibir las terapias, en éste, todo el proceso se lleva a cabo en el propio entorno del niño (esencialmente el hogar o la escuela), ya que los padres y cuidadores principales tienen una gran repercusión en los más pequeños y la Atención Temprana, fue concebida teóricamente para ayudar a las familias aprovechando las oportunidades de aprendizaje diario en contextos naturales.

Por otro lado, cada vez más estudios científicos e investigaciones sólidas avalan que los niños, al estar en constante aprendizaje (a diferencia de los adultos que podemos tomar lecciones aisladamente), integran mucho mejor lo que les enseñan los padres en casa o los profesores en el colegio que los profesionales sociosanitarios en ambientes que no conocen.

Además, todas las familias si cuentan con los adecuados apoyos, pueden ayudar al niño. Robert utilizó para reforzar esta idea la acertada metáfora de los móviles de cuna para bebés, en los que si una parte se tambalea, lo hacen también las demás y si todas están equilibradas, funcionan armoniosamente en su conjunto. Así que, según este modelo, el principal papel del terapeuta es trabajar por dar soporte a la familia o la escuela y no tanto intervenir directamente con el niño. De hecho, cuando el profesional va a las casas o a los centros escolares, no es el que se tira al suelo con el niño para jugar, sino que consulta con los padres o los maestros cuáles son sus principales preocupaciones y en función de las mismas, establecen los objetivos funcionales de tratamiento de manera consensuada, sugiriendo sin imponer.

Fuente

Surgió entonces la controvertida pregunta de si los progenitores deben convertirse en terapeutas de sus hijos. El profesor contestó que la labor de ser padre o madre ya es suficientemente importante y conlleva muchísimo compromiso como para ser además los responsables de las terapias, así que lo que se les pide es que realicen dicha función como cualquier otro (hablándoles, jugando, enseñándoles habilidades de autocuidado, gestionando su comportamiento...), pero con el respaldo de un profesional que les asesore sobre cómo afrontar las necesidades que ellos les planteen.

El profesional de referencia, es sólo uno (a diferencia de los Centros de Atención Temprana en los que los niños pueden llegar a estar con tres diferentes) que se elige en función de su especialización, horarios, proximidad geográfica y características personales (por ejemplo si la familia es de habla hispana, un terapeuta que hable español es el elegido).

Desde mi punto de vista, este modelo en sí es prometedor y por supuesto el ideal, ya que es bastante sensato pensar que apostar por la familia y por una intervención en el propio contexto del niño, siempre va a ser más positivo que sacar al niño de casa o del cole tres veces por semana para acudir a un centro de tratamiento. Entre otras razones, porque esta práctica supone un gran impacto en toda la dinámica familiar, incluyendo repercusiones económicas, teniendo en cuenta que muchos padres tienen que dejar de trabajar para hacerse cargo de todas las terapias.

La pregunta es, ¿está nuestro país preparado para un cambio así?... Pues valorando las preguntas del público soy un poco pesimista, la verdad. Todo eran pegas y ninguna crítica realmente constructiva. Al pobre hombre casi le da da un síncope cuando uno de los asistentes le preguntó "qué ocurre si nos encontramos con una familia patológica". El profesor tomó aire y le dijo que siempre había que hablar con muchísimo respeto de las familias y que no existía ninguna patológica, en todo caso, con necesidades de apoyo emocionales y que se buscaría el profesional adecuado en esa circunstancia. 

Tampoco fue muy bien acogido el hecho de que el grueso de la intervención fuera asumida por un solo profesional, a pesar de que se hizo gran énfasis en que éste tendría una alta cualificación y estaría orientado por un equipo transdisciplinar. A mí particularmente es algo que no me quita el sueño. Si en mi Centro por ejemplo, debido a cuestiones de agenda, un niño no puede entrar inicialmente en Terapia Ocupacional a entrenarse en Actividades de la Vida Diaria y puntualmente desde otra disciplina se le enseña a abotonarse la chaqueta, tampoco me parece tanto drama; prefiero eso a que el niño dependa continuamente de alguien cuando tenga frío. Al igual que yo he recurrido a las logopedas cuando he necesitado utilizar un sistema de comunicación aumentativo o alternativo y ellas me han ayudado siempre sin ningún tipo de recelo. Creo que el bienestar del niño tiene que estar por encima de cualquier ego profesional, pero insisto en que es una opinión muy personal fruto de muchos años de reflexión.

Quizá la duda más razonable sea la que se refiere a la ratio familia/terapeuta, ya que con este modelo, que incluye muchos desplazamientos, atiendes a lo sumo cuatro familias al día frente a las doce de media que podemos ver en un centro cualquiera. En este sentido, el experto comentaba sentirse mucho más tranquilo moralmente atendiendo a tres familias con una calidad extraordinaria, que a ocho con mediocridad. Algo que, lógicamente, compartimos todos los que nos dedicamos a este campo pero que hoy por hoy y contemplando el panorama, es inviable.

Veremos si el futuro nos sorprende trabajando con este paradigma mucho más coherente que el que manejamos ahora y sobre todo, más cercano a las necesidades reales de las familias y especialmente, de nuestros niños, porque cada día debería ser su Día Universal...

Habitación de  nuestro precioso H. con todo su material de Estimulación








jueves, 14 de noviembre de 2013

Cuidarse para cuidar

Seguramente, muchos de vosotros hayáis oído hablar del síndrome de burnout o del cuidador quemado que hace referencia a los síntomas físicos y psíquicos que experimenta alguien cuando lleva un tiempo prolongado dedicándose a la atención exclusiva de una persona enferma o con distintas necesidades de apoyo.

Esta condición puede darse tanto en familiares que no reciben ningún tipo de ayuda y se convierten en el soporte principal de todas las atenciones, como en profesionales cuyo trabajo conlleva un alto grado de compromiso emocional.

Entre las primeras pautas de intervención que los papás de nuestros niños se llevan a casa, está una por encima de todas y es la de CUIDARSE. Insistimos mucho en que si ellos no se sienten bien, sus hijos tampoco lo van a estar. Tan importante es saber jugar de manera funcional con los niños para desarrollar sus múltiples capacidades, como que los papás se encuentren fuertes a la hora de afrontar los muchos desafíos que tienen por delante.

Igualmente, los que trabajamos a diario con adultos o niños con diversidad funcional, también tenemos la responsabilidad de hallarnos en las mejores condiciones para poder dar lo mejor de nosotros mismos.

He estado pensando en varios recursos amables o estrategias sencillas a los que podemos acudir para reclutar un poco de paz, cargar las pilas y afrontar esta labor que, aunque muy gratificante, en algunas ocasiones pone a prueba nuestro delicado equilibrio emocional. Aquí va mi particular lista:

La mecedora:


A pesar de que tradicionalmente esté asociada a mujeres embarazadas (incuso Jean Ayres habla en su libro La integración sensorial y el niño sobre un estudio de terapeutas ocupacionales que utilizaron la mecedora durante la gestación) o mamás con un retoño en brazos, lo cierto es que os la recomiendo como medio para recuperarse del estrés de manera casi inmediata. No creo que sea casualidad que todas las visitas que pasan por mi salón, se vayan a ella de manera instintiva y en pocos segundos experimenten un dulce sosiego balancéandose.

Los baños de espuma o sales:

Bien porque nos conecta con nuestra etapa intrauterina en la que nos desarrollamos en un medio acuático, o bien porque el agua calentita baja la tensión, los baños generalmente siempre son una buen manera de liberar agotamiento por todos los poros de la piel.

Dieta con caprichos:

Sabemos que comer variado y sano es lo más adecuado, pero de vez en cuando, tampoco pasa nada por darnos un pequeño homenaje e introducir en el menú algún dulce o salado que nos alegre la jornada. En el vestuario de nuestro Centro conviven en feliz armonía las fiambreras de frutas con las cajas de bombones y tan ricamente que estamos. 



Casita de reposo:

Es una recomendación que hacemos para los niños que necesitan descansar de la sobrecarga sensorial (luces, sonidos, movimientos...) pero igualmente aconsejable para adultos. Consiste en disponer de un rincón tranquilo en el hogar al cual poder acudir para recuperar la calma siempre que nos sintamos desbordados. Debe ser un espacio silencioso, cómodo, suave, con música relajante y preferiblemente en penumbra. Podemos incluir cojines, mantitas, bolsas térmicas de semillas o hierbas aromáticas, un saco grande relleno de granos para sentarse... y en general cualquier tipo de elemento que nos ayude a ver algo de luz en la oscuridad.

Masajes:

Mejor con presión profunda, utilizando aceites vegetales (por ejemplo, el de almendras) o con esencias como la lavanda y que no contengan parafina.

Rodearse de "buena gente" y de psicología positiva:

Si ya habitualmente conviene mantener alejados de nuestro entorno a los chupópteros emocionales que nos amargan y no nos aportan nada a nuestra vida, mucho más hay que hacerlo cuando gran parte de nuestra energía tiene que estar al servicio de personas muy vulnerables. Así que toca empoderarse, seleccionar atentamente con quíen compartimos nuestras preocupaciones, respirar hondo, echarle mucho humor al día a día y llegado el caso si lo creemos necesario, buscar un psicólogo de confianza que nos guíe en un trabajo de desarrollo personal que ayude a saber gestionar mejor determinados sentimientos para ser un poco más felices con las circunstancias que tenemos.

Por último, y para mí el más importante de la lista, sería sobre todo liberarse de la culpa cuando nos regalemos el autocuidado mental. Los seres humanos (especialmente las mujeres como se puede comprobar en este magnífico texto de Faktoría Lila) habitualmente tenemos una tendencia suicida a cargar sobre nuestros hombros el inmenso peso del mundo y por si acaso no lo conseguimos, encima nos sentimos fatal cuando nos dedicamos un necesario y merecidísimo tiempo de desconexión. Así que, a reconciliarnos con nosotros mismos y a mimarnos mucho.

¿Y vosotros?, ¿os animáis a contarnos cuáles son vuestras tácticas para recuperar las fuerzas?...

jueves, 7 de noviembre de 2013

Ese gran aliado terapéutico llamado motivación

En nuestro Centro, generalmente, los niños trabajan juegan con su correspondiente terapeuta en cada departamento. Pero de vez en cuando, hacemos visitas a las salas vecinas para que los niños interaccionen y nosotras podamos valorar también otros aspectos que no se pueden observar en tratamientos individuales. Además, es una manera de que ellos encuentren nuevas motivaciones que les estimulen a participar en diferentes dinámicas. La experiencia siempre es gratamente positiva y podría poneros ejemplos diarios de lo mucho que se benefician los peques de estos encuentros. El último ha estado protagonizado por nuestros adorables D., de dos años y J., de cuatro. 

Ella se quedó prendada de él la misma tarde que se conocieron y J. prometió con su mirada bajarle la luna, las estrellas y el cielo entero en cuanto encontrase una escalera los suficientemente alta. Desde entonces, son inmensamente felices cada vez que tienen la oportunidad de compartir tiempos y espacios.

El otro día, D. estaba encima de la pelota terapéutica batallando por su control postural mientras yo intentaba que abriera las manos ofreciéndole diferentes juguetes. Aunque todavía no habla, se hace entender perfectamente y no dejaba de señalarme un baloncito que le encanta porque le recuerda a J. Le dije que no estaba segura de que él hubiera venido, pero que podíamos buscar a otro niño para que jugara con nosotras. Pareció un poco desilusionada pero conforme. Entonces, justo cuando ya íbamos a salir por la puerta, apareció mi compañera L. con su querido amigo. 

Bueno, bueno, bueno... ¡¡Parecía la mañana de Reyes aquello!! Una alegría, un brillo en los ojos, unos abrazos... Os puedo asegurar, que en un año que llevo trabajando con la niña, no he conseguido tantos avances como en esa sesión.

Y es que, como dice Paulo Coelho, "hay en el mundo un lenguaje que todos comprenden: es el lenguaje del entusiasmo, de las cosas hechas con amor y con voluntad, en busca de aquello que se desea o en lo que se cree".

Y lo que no consiga motivar el amor verdadero...




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